Embarcación con participantes navegando por el río Guadalete

Convivir con el Guadalete

Embarcación con participantes navegando por el río Guadalete

Del control del río a la adaptación del territorio

¿Podemos evitar realmente las inundaciones? Probablemente muchas personas desearían que la respuesta fuera sí. Durante décadas hemos actuado como si fuera posible, construyendo presas, encauzando ríos y levantando defensas con la esperanza de mantener el agua bajo control. Sin embargo, la realidad es otra: las inundaciones forman parte del funcionamiento natural de los ríos y seguirán produciéndose, especialmente en un contexto de cambio climático. Asumir esta idea no significa resignarse, sino entender que el reto ya no es evitar que ocurran, sino aprender a convivir con ellas reduciendo sus impactos sobre el territorio.

Durante décadas, la gestión de las inundaciones en el Guadalete —y en muchos otros territorios— se ha centrado en reducir la peligrosidad del río. Mediante las cinco presas de la cuenca hemos desarrollado un sistema robusto en base a grandes y costosas infraestructuras para controlar las crecidas y regular sus caudales o construir defensas contra sus avenidas. Este enfoque, basado en la idea de “proteger para evitar el peligro”, ha permitido en determinados momentos reducir la frecuencia o intensidad de las inundaciones.

Aún hoy seguimos moviéndonos en esa misma inercia, como refleja la propuesta de crear una nueva infraestructura de conexión entre las presas de Bornos y Guadalcacín. Un sector de la población plantea este trasvase como una forma de aprovechar los desembalses de Bornos en momentos de crecida, cuando la presa se encuentra llena, y evitar así las inundaciones en la zona baja. Sin embargo, se trata de un proyecto de enorme coste económico que, en el mejor de los casos, solo retrasaría el problema: cuando el embalse de Guadalcacín esté lleno —como ocurre ahora— el trasvase dejará de ser útil y las inundaciones volverán a producirse.

La experiencia demuestra que intentar evitar el peligro mediante nuevas infraestructuras no ha resuelto el problema de fondo. Las inundaciones siguen produciéndose y, en muchos casos, los daños han aumentado como consecuencia de la creciente ocupación de las zonas inundables. Y aquí va un pequeño adelanto de lo que nos espera: las inundaciones seguirán produciéndose en el futuro y, probablemente, lo harán con mayor intensidad a medida que avance el cambio climático.

En este contexto, progresivamente comienza a abrirse paso un cambio en la forma de entender el riesgo de inundaciones. En vez de intentar controlar el peligro y tener un sistema a prueba de fallos se empiezan a diseñar sistemas —o territorios — preparados para fallar. De esta manera, en vez de intentar minimizar el riesgo controlando el peligro hablamos de preparar el territorio para adaptarse a las inundaciones de forma controlada y con el menor impacto posible. Es lo que se conoce como enfoque safe-to-fail: aceptar la dinámica natural del río y ordenar el territorio para que las inundaciones puedan ocurrir donde causen menos daño.

Desde esta perspectiva, la adaptación, la reducción de la exposición y la disminución de la vulnerabilidad se convierten en los ejes centrales de la gestión de inundaciones.

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